CELAYA, Gto., A 14 de agosto de 2026.- Cada año, cuando el verano comienza a despedirse y los caminos del Bajío se convierten en rutas de fe, Celaya vuelve a ser escenario de una de las tradiciones religiosas y deportivas más emblemáticas de la región: la peregrinación ciclista rumbo al Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos.
Durante décadas, cientos y miles de pedalistas han hecho de la llamada “ruta sanjuanera” una expresión de devoción, sacrificio y convivencia. Para muchos, el recorrido no representa únicamente un reto físico; es también una manera de agradecer favores recibidos, cumplir una promesa o pedir la intercesión de la Virgen de San Juan.
La tradición tiene profundas raíces. La Pía Unión Ciclista a San Juan de los Lagos señala que su historia comenzó en 1956, cuando Don Heriberto Rivera Vara y 12 ciclistas emprendieron el primer viaje desde Gualupita, en el Estado de México. Lo que comenzó como una iniciativa de apenas unos cuantos pedalistas se convirtió con los años en un movimiento de fe que ha unido a generaciones.
Celaya, una parada fundamental
Dentro de esta historia, Celaya ocupa un lugar especial. La ciudad se encuentra en una de las principales rutas que conducen hacia San Juan de los Lagos y se ha convertido en punto de llegada, descanso y reorganización para numerosos contingentes.
La importancia de Celaya dentro de la peregrinación ciclista no es reciente. La propia historia de la organización registra al municipio entre sus destinos tradicionales y documenta que, desde décadas atrás, los peregrinos han utilizado la ciudad como parte fundamental de su recorrido.
El paso de los ciclistas transforma por unas horas el paisaje cotidiano de la ciudad. Las bicicletas, los estandartes, las imágenes religiosas, los vehículos de apoyo y los grupos perfectamente organizados anuncian la llegada de los peregrinos, mientras familias celayenses observan y acompañan su paso.
En años recientes se han registrado contingentes de miles de ciclistas. En 2025, por ejemplo, se reportó la llegada a Celaya de alrededor de 3 mil 500 pedalistas provenientes de la zona de Toluca, acompañados por personal de apoyo y decenas de vehículos.

Pedalear como expresión de fe
La característica más particular de esta peregrinación es que el esfuerzo físico se convierte en una forma de oración.
Horas sobre la bicicleta, kilómetros de carretera, cansancio, calor y pendientes forman parte de una experiencia que los participantes asumen voluntariamente. Cada pedalada tiene para muchos un significado espiritual.
Algunos viajan para agradecer por la salud o por un favor recibido; otros lo hacen para cumplir una promesa personal o familiar. También están quienes participan por tradición y quienes heredaron de padres y abuelos el compromiso de acudir cada año al encuentro con la Virgen.
La experiencia de los ciclistas refleja una tradición profundamente arraigada en la religiosidad popular mexicana: convertir el camino mismo en parte de la celebración de la fe.

Una ciudad que recibe a los peregrinos
Para Celaya, el paso de los sanjuaneros representa también un desafío logístico. El arribo de grandes contingentes obliga a establecer medidas especiales de seguridad vial, atención médica, abanderamiento y coordinación entre distintas corporaciones.
En operativos anteriores, las autoridades municipales han estimado la llegada de entre 10 mil y 12 mil peregrinos a lo largo de la temporada, integrados en numerosos contingentes. Protección Civil, Bomberos, Tránsito y Policía Vial, Policía Municipal y organismos de emergencia han participado en dispositivos especiales para garantizar un tránsito seguro por el municipio.
Pero más allá de los cierres o modificaciones temporales a la circulación, la presencia de los peregrinos genera una imagen singular: una ciudad que por momentos deja de ser simplemente un lugar de paso para convertirse en parte de una ruta espiritual que conecta comunidades del centro del país con San Juan de los Lagos.
Una tradición que sigue pedaleando
La peregrinación ciclista ha logrado sobrevivir al paso del tiempo porque ha sabido transmitirse de generación en generación. Los jóvenes que hoy participan ocupan el lugar que alguna vez tuvieron sus padres y abuelos, manteniendo viva una tradición que combina deporte, disciplina, compañerismo y religión.
La historia de la peregrinación registra, además, una evolución constante: nuevos contingentes, participación de mujeres, incorporación de jóvenes y cambios en las rutas han permitido que el movimiento se adapte sin perder su esencia.
En Celaya, cada paso de los ciclistas recuerda que las grandes tradiciones no solamente se conservan en templos o libros: también se mantienen vivas en las carreteras, en las familias y en quienes están dispuestos a recorrer decenas o cientos de kilómetros para cumplir una promesa.
Así, entre el sonido de las bicicletas, los cantos, las oraciones y el ondear de los estandartes, Celaya vuelve a convertirse en una estación de la fe.
Porque para los sanjuaneros, llegar a San Juan de los Lagos es la meta, pero cada kilómetro recorrido forma parte de la promesa y cada pedalada es también una oración.

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