A CIEN AÑOS DE LA GUERRA CRISTERA: una herida de México que todavía interpela a Guanajuato

Guanajuato, Gto., a 17 de agosto de 2026.- Por Laurencio Covarrubias C. Hay acontecimientos que pertenecen al pasado y, sin embargo, no terminan de pasar. La Guerra Cristera es uno de ellos.

En 2026 México conmemora el centenario del inicio de uno de los episodios más dolorosos, complejos y todavía controvertidos de su historia contemporánea. Entre 1926 y 1929, el país vivió un conflicto armado derivado de la confrontación entre el Estado posrevolucionario y amplios sectores de la población católica en torno a la aplicación de las disposiciones constitucionales sobre religión y a la llamada Ley Calles. El conflicto no fue exclusivamente religioso: detrás de él confluyeron profundas tensiones políticas, sociales, económicas, culturales y regionales.

Y si existe un estado donde esta historia adquiere una dimensión particularmente profunda, ése es Guanajuato.

No solamente porque la entidad fue uno de los principales escenarios de la lucha armada, sino porque aquí se encuentran algunos de los símbolos más poderosos de aquella confrontación. En 1923, la colocación de la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete provocó una crisis entre el gobierno de Álvaro Obregón y la Iglesia católica, al grado de que el delegado apostólico Ernesto Filippi fue expulsado del país. Aquello anticipó la dimensión que tendría el conflicto pocos años después.

Guanajuato, territorio central de la Cristiada

La Guerra Cristera no fue un fenómeno marginal en Guanajuato. La propia historia oficial del estado reconoce que el conflicto se extendió prácticamente por toda la entidad durante aquellos tres años. Investigaciones recientes del INAH, sustentadas en documentación militar, colocan a Guanajuato —junto con Jalisco y Michoacán— entre los principales escenarios de la guerra.

Los primeros levantamientos guanajuatenses ocurrieron en 1926. Pénjamo y posteriormente San Miguel de Allende aparecen entre los puntos donde la rebelión adquirió una dimensión armada. Desde entonces, comunidades rurales, rancherías, caminos y poblaciones enteras quedaron atrapadas entre el Ejército Federal y las fuerzas cristeras.

Pero reducir la historia a una confrontación entre «católicos y gobierno» sería insuficiente.

En el campo guanajuatense existían viejas tensiones relacionadas con la propiedad de la tierra, las transformaciones derivadas de la Revolución, la autoridad local y la relación entre comunidades y poderes civiles y religiosos. La Cristiada encontró ahí un terreno fértil para convertirse en algo mucho más complejo que una disputa jurídica sobre el culto.

Fue, en buena medida, una rebelión social que utilizó la defensa de la libertad religiosa como uno de sus principales motores, pero que también expresó resistencias frente al nuevo orden político que pretendía consolidarse después de la Revolución.

Una historia que no admite santos ni demonios absolutos

A cien años de distancia, quizá uno de los mayores errores sería volver a contar la Guerra Cristera desde una sola trinchera.

Durante décadas, la memoria del conflicto estuvo profundamente dividida. Para unos, los cristeros fueron hombres y mujeres que defendieron su libertad de conciencia y su derecho a practicar su fe frente a un Estado persecutorio. Para otros, fueron parte de una reacción conservadora que se enfrentó violentamente al proyecto de construcción del Estado mexicano posrevolucionario.

Ambas visiones contienen elementos de verdad, pero ninguna alcanza por sí sola para explicar la totalidad del fenómeno.

La investigación histórica reciente ha llamado también la atención sobre la violencia cometida por las fuerzas cristeras: incendios, saqueos, secuestros, ejecuciones, ataques a vías de comunicación y asaltos a trenes aparecen documentados en archivos militares. Esto no significa desconocer la violencia ejercida por las fuerzas gubernamentales, sino asumir que una lectura madura de la historia debe ser capaz de reconocer los abusos cometidos desde ambos lados.

La historia no necesita héroes perfectos ni villanos absolutos.

Necesita verdad.

El problema de las heridas que se heredan

Uno de los aspectos más interesantes del centenario es preguntarnos cuánto de aquella confrontación permanece en el México de hoy.

La Guerra Cristera terminó formalmente en 1929 mediante negociaciones entre el gobierno mexicano y la jerarquía católica, con participación del Vaticano y mediación estadounidense. Pero la solución política no significó que desaparecieran inmediatamente las tensiones.

El conflicto dejó una memoria profunda en miles de familias.

En Guanajuato, como en otras regiones del centro-occidente, los relatos de abuelos y bisabuelos transmitieron historias de persecución, escondites, sacerdotes que celebraban misa clandestinamente, comunidades divididas, hombres que se fueron al monte y familias que tuvieron que abandonar sus hogares.

La memoria familiar convirtió la Cristiada en algo más que una página de los libros escolares.

La convirtió en identidad.

Y precisamente por ello debemos preguntarnos si hemos aprendido realmente de ella.

Laicidad no significa hostilidad hacia la religión

Una de las grandes lecciones del centenario debería ser distinguir entre el Estado laico y el Estado antirreligioso.

El México contemporáneo no puede regresar a los extremos que hicieron posible aquella confrontación. La libertad religiosa y la libertad de conciencia son derechos fundamentales; al mismo tiempo, la autonomía del Estado frente a cualquier institución religiosa constituye uno de los pilares de nuestra convivencia democrática.

El desafío consiste en mantener ambas cosas.

Un Estado laico no necesita perseguir la fe.

Y una sociedad profundamente religiosa no necesita convertir sus convicciones espirituales en una imposición política.

Ésta es quizá una de las enseñanzas más vigentes de la Cristiada.

Porque cuando la religión pretende controlar al Estado, la libertad política corre riesgos. Pero cuando el Estado pretende controlar la conciencia religiosa de sus ciudadanos, la libertad humana también queda amenazada.

La verdadera madurez democrática consiste en aceptar que ambas dimensiones pueden coexistir.

Guanajuato y la responsabilidad de la memoria

Para Guanajuato, el centenario debería representar mucho más que una efeméride.

Debería ser una oportunidad para recuperar archivos, testimonios, fotografías, documentos parroquiales, expedientes municipales y memorias familiares. Deberíamos preguntarnos qué ocurrió en cada municipio, qué familias estuvieron involucradas, qué comunidades fueron afectadas y qué consecuencias sociales permanecieron después de 1929.

La existencia de trabajos como La Guerra Cristera en Guanajuato: 1926-1929, publicado por la Asociación de Cronistas del Estado de Guanajuato y otras instituciones, demuestra que existe todavía un importante campo de investigación local por explorar.

No basta con estudiar la Cristiada desde Guadalajara, Ciudad de México o los grandes centros de poder.

Hay que reconstruirla desde Pénjamo, San Miguel de Allende, Acámbaro, Salvatierra, Dolores Hidalgo, León, Irapuato, Celaya y tantas otras comunidades donde la guerra tuvo rostros concretos.

Porque la historia nacional también se construye desde las historias de los pueblos.

La tentación de utilizar la historia para dividir

Existe, sin embargo, un riesgo adicional en este centenario: utilizar la Guerra Cristera como instrumento de polarización política contemporánea.

Sería un error.

La sociedad mexicana de 2026 es radicalmente distinta de la de 1926. Pretender trasladar mecánicamente aquella disputa al presente sería desconocer un siglo de transformaciones sociales, políticas, jurídicas y culturales.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario: olvidar las lecciones de aquella época.

Hoy, como entonces, México enfrenta el desafío de conciliar diferencias profundas. La discusión pública puede ser intensa; las convicciones políticas, religiosas y sociales pueden ser distintas. Lo que no podemos permitir es que esas diferencias vuelvan a convertirse en razones para negar la dignidad o los derechos del otro.

La Cristiada nos recuerda hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el diálogo se rompe y cuando cada grupo comienza a considerar ilegítimo al que piensa diferente.

A cien años, una oportunidad para reconciliarnos con nuestra historia

Quizá el verdadero sentido del centenario no sea decidir quién ganó la Guerra Cristera.

Tampoco determinar quién tuvo toda la razón.

El verdadero desafío es comprender por qué una nación que apenas había salido de una revolución volvió a enfrentarse con tanta violencia.

Comprender por qué miles de mexicanos estuvieron dispuestos a arriesgar y perder la vida por sus convicciones.

Comprender por qué el Estado consideró necesario imponer determinadas disposiciones y por qué amplios sectores de la sociedad las percibieron como una agresión intolerable.

Y, sobre todo, comprender por qué después de una guerra tan dolorosa fue necesario negociar para que México pudiera recuperar la paz.

Cien años después, la pregunta sigue vigente: ¿hemos aprendido a convivir con nuestras diferencias?

Guanajuato tiene una responsabilidad especial para responderla.

Porque aquí la Cristiada no es una historia distante. Forma parte del paisaje, de las tradiciones, de los templos, de las familias y de la memoria colectiva.

El Cerro del Cubilete, con Cristo Rey mirando hacia el Bajío, puede ser visto no solamente como símbolo religioso, sino también como testimonio de una época en la que México se debatió entre tradición y modernidad, entre religión y Estado, entre autoridad y libertad.

Mirar hoy ese monumento debería invitarnos a mirar también hacia atrás.

No para reabrir heridas.

Sino para entenderlas.

Porque un país que conoce sus tragedias puede evitar repetirlas. Y una sociedad que aprende a recordar sin odio tiene mayores posibilidades de construir un futuro en el que la libertad religiosa, la laicidad, la democracia y el respeto a la dignidad humana no sean banderas enfrentadas, sino principios capaces de convivir.

A cien años de la Guerra Cristera, México no necesita otra batalla entre creyentes y Estado. Necesita algo mucho más difícil: una cultura de diálogo en la que nadie tenga que renunciar a sus convicciones para respetar las convicciones del otro.

Ésa podría ser la verdadera reconciliación con nuestra historia.

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