CELAYA, Gto., a 17 de agosto de 2026.- Este lunes 17 de agosto se cumplen 53 años de la inundación de 1973, uno de los episodios más dolorosos y significativos en la historia reciente de Celaya. Aquella tragedia transformó por varios días la vida de miles de familias y dejó una huella que, más de cinco décadas después, continúa presente en la memoria colectiva de la ciudad.
El 17 de agosto de 1973, después de varios días de lluvias extraordinarias en la cuenca alta del río Laja, el agua comenzó a desbordarse y avanzó hacia Celaya. El fenómeno estuvo relacionado con los escurrimientos que llegaron a la presa Ignacio Allende y con el desfogue de agua hacia el río Laja.
Los registros históricos señalan que las precipitaciones se prolongaron durante alrededor de 19 días, provocando que los niveles del embalse aumentaran rápidamente. Al abrirse las compuertas, el caudal del río Laja alcanzó niveles que el cauce no pudo contener, ocasionando desbordamientos en distintos puntos de su recorrido hacia Celaya.

El agua entró a la ciudad
Las primeras zonas afectadas fueron comunidades ubicadas aguas arriba, pero el agua continuó su recorrido hasta llegar a la zona urbana de Celaya.
Las colonias Las Insurgentes, Obrera, Alameda, El Zapote y Tresguerras, entre otras áreas, quedaron bajo el agua. Documentos históricos del municipio y del estado reconocen aquel acontecimiento como la mayor inundación registrada en Celaya durante el siglo XX, con importantes daños materiales y el colapso de numerosas viviendas construidas con adobe.
En las calles, la población enfrentó una situación que hasta entonces parecía difícil de imaginar. El agua ingresó a viviendas, negocios y espacios públicos, mientras las autoridades advertían a los habitantes sobre el riesgo de permanecer en las zonas inundadas.
Testimonios recuperados por medios locales recuerdan que algunas familias tuvieron que abandonar sus casas, mientras otras permanecieron en sus domicilios tratando de proteger sus pertenencias. En algunos sectores, el nivel del agua llegó a cubrir buena parte de las calles y dificultó los desplazamientos.
Una ciudad paralizada
La inundación no solamente representó un desastre para las viviendas. También afectó comercios, fábricas, caminos, cultivos y servicios.
El impacto alcanzó además a municipios de la región, entre ellos Comonfort, Salamanca e Irapuato, convirtiendo aquel temporal en una emergencia de dimensiones regionales. En Celaya, los registros oficiales señalan afectaciones importantes tanto en zonas urbanas como agrícolas.
Uno de los aspectos que más ha quedado grabado en la memoria de los sobrevivientes es la rapidez con la que una jornada aparentemente normal se convirtió en una emergencia.
Quienes vivieron aquellos días recuerdan el sonido de las advertencias por las calles, las noticias transmitidas por la radio y la incertidumbre de miles de familias que no sabían hasta dónde llegaría el agua.

La discusión sobre la presa
Con el paso de los años, la inundación de 1973 también se convirtió en motivo de discusión sobre el manejo de la presa Ignacio Allende y la prevención de riesgos.
Diversas reconstrucciones históricas han señalado que la combinación de las lluvias extraordinarias, los escurrimientos de la cuenca y las decisiones relacionadas con el desfogue de la presa contribuyeron al desastre. En aquella época, además, no existía el actual sistema de Protección Civil, ni los protocolos de prevención y alerta que hoy forman parte de la respuesta ante fenómenos hidrometeorológicos.
Más allá de las responsabilidades que históricamente se han señalado, el episodio dejó una enseñanza fundamental: Celaya es una ciudad particularmente vulnerable a las inundaciones.
El propio diagnóstico municipal reconoce que, por sus características geográficas y por encontrarse en una antigua cuenca lacustre, las inundaciones constituyen uno de los principales riesgos para el municipio.

53 años después, la memoria sigue vigente
Hoy, 53 años después, la inundación de 1973 no es solamente una referencia en los libros de historia local. Para muchas familias representa un recuerdo transmitido de generación en generación.
Los jóvenes que actualmente recorren las calles de Las Insurgentes, El Zapote, Alameda o Tresguerras quizá difícilmente pueden imaginar que hace más de medio siglo esos mismos lugares estuvieron cubiertos por el agua.
Pero las fotografías, los testimonios de los sobrevivientes y los documentos históricos mantienen viva aquella memoria.
Cada temporada de lluvias, cuando el cielo de Celaya se cubre de nubes y el río Laja aumenta su caudal, el recuerdo de 1973 vuelve a aparecer.
La inundación de aquel 17 de agosto no solamente cambió el paisaje de la ciudad durante aquellos días: cambió también la manera en que Celaya comenzó a mirar el agua, sus ríos y sus riesgos.
A 53 años de distancia, recordar aquella tragedia tiene también un sentido de prevención. Porque conservar la memoria de lo ocurrido significa reconocer la vulnerabilidad de la ciudad y entender que la protección de sus habitantes exige infraestructura, planeación, mantenimiento de cauces, sistemas de alerta y una cultura permanente de prevención.
Celaya no debe olvidar el 17 de agosto de 1973. La memoria de aquella inundación pertenece ya a la historia de la ciudad, pero también constituye una advertencia para las generaciones presentes y futuras.

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