LA ONU ANTE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por: Dr. Laurencio Covarrubias C.

En un mundo cada vez más fragmentado, marcado por guerras, rivalidades entre potencias, crisis climática, migraciones, desigualdad, inteligencia artificial y nuevas amenazas a la seguridad internacional, la Organización de las Naciones Unidas enfrenta quizá uno de los momentos más decisivos de su historia.

Creada en 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, la ONU nació con la misión de evitar que las grandes potencias volvieran a llevar al planeta a una conflagración de dimensiones mundiales. Ocho décadas después, el escenario internacional es muy diferente. El poder se ha distribuido entre un número mayor de actores, han surgido nuevas potencias económicas y militares, las amenazas ya no proceden únicamente de los Estados y las tecnologías están transformando la manera en que se libran los conflictos.

La pregunta que se perfila para los próximos años no es solamente si la ONU sobrevivirá, sino qué tipo de Naciones Unidas necesitará el mundo del futuro.

De árbitro mundial a plataforma indispensable de negociación

La ONU difícilmente puede pretender convertirse en un gobierno mundial. Los Estados siguen siendo los principales actores del sistema internacional y son ellos quienes determinan, mediante acuerdos políticos, hasta dónde llegan las facultades de la Organización, sin embargo, su papel puede adquirir una nueva dimensión: convertirse cada vez más en la gran plataforma de negociación de un mundo multipolar.

En un escenario donde las grandes potencias mantienen profundas diferencias, la existencia de un espacio donde puedan sentarse países con intereses contrapuestos seguirá teniendo un valor estratégico. El desafío está en que las instituciones multilaterales sean capaces de representar adecuadamente la realidad del siglo XXI.

El propio Pacto para el Futuro, aprobado por los Estados miembros en 2024, reconoce que el sistema multilateral construido después de la Segunda Guerra Mundial está sometido a una presión sin precedentes y plantea la necesidad de revitalizarlo. Entre sus compromisos se encuentra avanzar hacia una reforma del Consejo de Seguridad para hacerlo más representativo, inclusivo, transparente y eficaz.

El Consejo de Seguridad, el gran pendiente

Uno de los principales problemas de la ONU seguirá siendo la estructura del Consejo de Seguridad, el mundo de 1945 ya no es el mundo de 2026. Sin embargo, buena parte de la arquitectura institucional continúa reflejando la distribución del poder que surgió después de la Segunda Guerra Mundial.

La demanda de una mayor representación de África, América Latina, Asia y otras regiones seguirá formando parte de las discusiones sobre el futuro de la Organización; el Pacto para el Futuro representa un nuevo compromiso político para discutir esta transformación y reconoce expresamente la necesidad de corregir la infrarrepresentación africana.

Pero reformar el Consejo de Seguridad será extraordinariamente complejo. Cualquier modificación sustancial requiere superar intereses nacionales, rivalidades geopolíticas y, en última instancia, la voluntad de los propios Estados miembros. Por ello, el futuro de la ONU dependerá tanto de su capacidad para reformarse como de la disposición de las potencias para aceptar un sistema internacional más representativo.

Paz: de los cascos azules a nuevas formas de intervención

Las operaciones de mantenimiento de la paz también tendrán que transformarse. Los conflictos contemporáneos son más fragmentados. En ellos participan grupos armados no estatales, organizaciones criminales transnacionales, milicias y actores que utilizan drones, inteligencia artificial y otras tecnologías; la propia ONU reconoce que las misiones de paz enfrentan escenarios cada vez más complejos y que las restricciones financieras están afectando su capacidad operativa, a ello se suma un problema fundamental: el dinero.

En 2025, Naciones Unidas informó que la falta de contribuciones obligatorias había generado un déficit superior a los 2 mil millones de dólares en un presupuesto de 5 mil 600 millones para operaciones de paz, obligando a reducir aproximadamente 25 por ciento de la capacidad operativa de las misiones.

En junio de 2026, la Asamblea General aprobó además una reforma financiera destinada a evitar un deterioro mayor de la situación. La propia Presidencia de la Asamblea advirtió, sin embargo, que la reforma no resuelve el problema fundamental si los Estados no cumplen oportunamente con sus obligaciones financieras. Esto plantea una paradoja: se espera que la ONU haga más frente a un mundo con mayores conflictos, pero al mismo tiempo enfrenta dificultades para obtener los recursos necesarios para cumplir sus mandatos.

La nueva frontera: inteligencia artificial y tecnología

Quizá uno de los cambios más importantes en el papel futuro de Naciones Unidas estará relacionado con la tecnología. La inteligencia artificial está modificando las economías, los sistemas educativos, las comunicaciones y también las capacidades militares; el reto para la ONU será ayudar a construir reglas internacionales que permitan aprovechar los beneficios de estas tecnologías sin convertirlas en instrumentos de desinformación, vigilancia abusiva, ataques cibernéticos o nuevas formas de guerra.

El Pacto para el Futuro incluye precisamente un Pacto Digital Global destinado a establecer un marco común para la cooperación digital y la gobernanza de la inteligencia artificial.

En este terreno, la ONU puede desempeñar una función semejante a la que ha ejercido históricamente en materia de derecho internacional: crear espacios para que los Estados acuerden reglas antes de que las nuevas tecnologías hagan todavía más difícil regularlas.

El cambio climático: una misión que no desaparecerá

Otro de los grandes espacios de actuación será el cambio climático: aquí el papel de la ONU probablemente evolucionará desde la construcción de grandes acuerdos hacia una mayor presión para convertir los compromisos internacionales en políticas nacionales verificables.

El Pacto para el Futuro reafirma compromisos climáticos y plantea mantener el objetivo de limitar el aumento de la temperatura global a 1.5 grados Celsius, además de avanzar hacia emisiones netas cero para 2050, la dificultad no estará tanto en establecer objetivos como en conseguir que los gobiernos, empresas y sociedades los cumplan.

La ONU no tiene capacidad para sustituir a los gobiernos nacionales. Su fuerza dependerá de su capacidad para coordinar, generar información, establecer estándares y construir consensos.

Una ONU más preocupada por el futuro

Una de las transformaciones más interesantes podría ser la incorporación de una visión de largo plazo; La Declaración sobre las Generaciones Futuras, aprobada junto con el Pacto para el Futuro, busca incorporar en las decisiones actuales los intereses de quienes todavía no han nacido.

Esto abre una nueva dimensión para Naciones Unidas: no solamente responder a las crisis actuales, sino ayudar a los Estados a anticipar aquellas que todavía están tomando forma, la propia ONU trabaja en mecanismos de previsión estratégica, análisis de datos y planificación anticipatoria para que las políticas públicas consideren sus consecuencias sobre las generaciones futuras.

El dinero será tan importante como la diplomacia

El futuro de la ONU también se decidirá en los presupuestos, una organización internacional puede aprobar resoluciones, establecer objetivos y diseñar programas, pero sin recursos suficientes sus decisiones corren el riesgo de convertirse en declaraciones políticas.

La crisis financiera reciente mostró precisamente esa vulnerabilidad. En junio de 2026, la Asamblea General adoptó medidas para mejorar la estabilidad financiera de la Organización, aunque reconoció que la reforma requiere el cumplimiento sostenido de las obligaciones de los Estados.

Por ello, una de las discusiones centrales de los próximos años será probablemente cómo garantizar una ONU con recursos suficientes, previsibles y acordes con las responsabilidades que los propios Estados le asignan.

El relevo en la Secretaría General

Otro elemento de enorme importancia será el cambio de liderazgo de Naciones Unidas. Durante 2026 se desarrolla el proceso para seleccionar al próximo secretario general, con diálogos públicos en los que los candidatos presentan sus visiones sobre la reforma de la ONU y sus tres grandes pilares: paz y seguridad, desarrollo y derechos humanos, el relevo llega en un momento particularmente significativo.

Quien encabece la Organización tendrá que administrar una institución sometida simultáneamente a presiones financieras, conflictos armados, rivalidades entre grandes potencias, crisis humanitarias y una transformación tecnológica acelerada; más que un administrador, el próximo secretario general necesitará desempeñar el papel de constructor de consensos en un sistema internacional cada vez más dividido.

¿Hacia dónde puede caminar la ONU?

El escenario que se abre no parece conducir hacia la desaparición de Naciones Unidas. Por el contrario, las grandes crisis globales hacen evidente la necesidad de mecanismos de cooperación internacional, la cuestión es qué ONU emergerá, puede permanecer como una institución esencialmente anclada en las estructuras del siglo XX, con dificultades para responder a los desafíos del siglo XXI, o puede avanzar hacia una organización más representativa, tecnológicamente preparada, financieramente estable y capaz de coordinar a gobiernos, organismos internacionales, empresas, científicos y sociedad civil.

El Pacto para el Futuro constituye precisamente una hoja de ruta para esa transformación. Su implementación contempla reuniones y revisiones internacionales durante 2026 y años posteriores, incluida una revisión integral de alto nivel prevista para 2028.

El verdadero desafío: recuperar la confianza

Al final, el problema fundamental de Naciones Unidas no será únicamente institucional, será político; la ONU podrá reformar procedimientos, incorporar nuevas tecnologías y modificar estructuras, pero ninguna reforma funcionará si los Estados miembros no están dispuestos a utilizar el multilateralismo como instrumento para resolver diferencias.

El mundo que viene será probablemente más complejo, más competitivo y menos predecible. Habrá más actores, nuevas tecnologías, nuevas amenazas y problemas que ningún país podrá solucionar por sí solo. En ese contexto, Naciones Unidas podría recuperar una función central: ser el lugar donde la humanidad negocie sus problemas comunes antes de que estos se conviertan en crisis imposibles de controlar. No será un camino sencillo.

La Organización seguirá enfrentando críticas, bloqueos y limitaciones. Tampoco podrá impedir por sí sola todas las guerras ni resolver todas las desigualdades del planeta. Pero mientras existan problemas que atraviesen fronteras —el clima, las pandemias, las migraciones, las armas nucleares, la inteligencia artificial, el terrorismo, la pobreza o la seguridad internacional— seguirá existiendo la necesidad de algún mecanismo capaz de sentar a los países en una misma mesa. La ONU del futuro, por tanto, no tendrá necesariamente que ser más poderosa.

Tendrá que ser más representativa, más eficaz y más capaz de construir acuerdos; su mayor reto será demostrar que el multilateralismo no pertenece al pasado, sino que puede ser precisamente la herramienta que permita administrar el futuro.

Porque si el siglo XXI está enseñando algo, es que ninguna potencia, por poderosa que sea, puede resolver por sí sola los problemas que afectan a toda la humanidad. Y ahí, precisamente ahí, podría estar la razón de ser de una Naciones Unidas renovada.

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